Trump puede perder en noviembre

Cuando quedan cuatro meses para las elecciones presidenciales del 3 de noviembre, todo indica que Donald Trump las perderá, que no es exactamente lo mismo que decir que Joe Biden las ganará. Todos los sondeos nacionales que se hacen en Estados Unidos en este momento dan a Trump menos de un 40 por ciento de intención de voto. Sus más leales dicen que hace cuatro años a estas alturas tenía un respaldo similar. Y eso es cierto, pero no es la comparación más adecuada. Entre otras cosas porque Hillary Clinton era tan impopular como él.

La única comparación relevante que admiten esos datos es con George Bush padre y Jimmy Carter, los dos únicos presidentes que han perdido una reelección desde que Herbert Hoover perdió la suya contra Franklin Delano Roosevelt en 1932 tras el «Crack del 29». Tanto Bush como Carter tenían a estas alturas de sus mandatos porcentajes de apoyo similares a los que hoy tiene Trump. A diferencia de 2016 los electores saben hoy muy bien quién es Donald Trump y qué pueden esperar de él en la Casa Blanca. Una enorme diferencia que ha demostrado con sus predecesores es que ha cumplido todas las promesas electorales que hizo, incluso las más inverosímiles.

No se puede decir que Trump haya hecho un mal trabajo contra la pandemia. Principalmente porque las competencias son estatales y municipales. Aún así ha empleado recursos federales en apoyo de estados muy castigados como es el caso de Nueva York. Pero es difícil que eso le sea reconocido porque sus encuentros con los medios de comunicación son cada día más conflictivos y él busca el reconocimiento personal antes que el que le planteen nuevos problemas.

Hace cuatro meses Trump era un candidato ganador seguro. Se apoyaba en una economía boyante, en la que el desempleo estaba en cifras, técnicamente, de pleno empleo. Hoy todo eso se esfumó. Es cierto que el sorprendente repunte del empleo en el mes de junio ha revivido los índices de Trump mínimamente. Pero lo cierto es que todavía no ha presentado una sola idea que lidere su campaña. Lo único que promete son cuatro años más de sí mismo. Hillary era impopular, pero Biden no lo es y le está saliendo muy bien la estrategia de campaña electoral más arriesgada que puede tomar ningún candidato: «No hagas nada. No intentes ganar las elecciones. Deja que sea tu rival quien las pierda». Eso es exactamente lo que está sucediendo. Y era la única manera en que Biden podía llegar a ser presidente porque su capacidad para debatir o incluso para responder a los periodistas cuando le hacen preguntas mínimamente comprometidas es francamente abracadabrante. Por eso le va bien con su estrategia de no salir del sótano de su casa en Delaware. Lo nunca visto en un candidato presidencial.

Frente a eso, Trump exhibe cada día un narcisismo insoportable que le está saliendo muy caro en los sondeos. Y todavía puede empeorar. Sólo hay una esperanza para él: una rápida recuperación de la economía, que es lo que de verdad importa al electorado. No los enormes errores en política exterior que John Bolton ha denunciado con tanta precisión. Si Trump fuese capaz de presentar un programa para relanzar la economía y recuperar la senda anterior a la pandemia, probablemente tendría un gran respaldo popular. Pero, a estas alturas, cuesta creer que sea capaz de organizarse para ello. Quizá cuando le pinchen con el argumento de que su derrota va ser la victoria de los que conspiraron contra él en 2016, como los que acabaron con Michael Flynn, lo sacaron de la Administración un mes después de ser nombrado consejero de Seguridad Nacional y lo procesaron para acabar viendo su caso archivado esta semana o tantos otros casos similares, quizá cuando piense en ello Trump se ponga las pilas. Pero cada vez es más difícil.