El séptimo presidente de EE.UU., con la soga al cuello

«¡Ya era hora!». Una turba había tumbado algunas de las vallas que rodeaban la estatua ecuestre de Andrew Jackson, séptimo presidente de Estados Unidos, y tres hombres se habían encaramado sobre su pedestal. Uno de ellos le colocaba una soga blanca al cuello mientras desde abajo una muchedumbre, con la cara cubierta por máscaras y pasamontañas, aplaudía y gritaba, enfervorecida: «Tírala, tírala, tírala».

A menos de 100 metros, desde la columnata delantera de la Casa Blanca, el Servicio Secreto miraba con sus binoculares. Eran casi las ocho de la tarde del lunes. Amenazaba tormenta. El presidente estaba en casa. Podía ver perfectamente esta escena desde los ventanales de su residencia en los pisos superiores.

Pronto, sobre la estatua de bronce de Jackson cayeron dos, tres, cuatro sogas blancas y amarillas, que fueron enganchadas sobre su cuello, sus dos pies y la cabeza de su caballo. Uno de los manifestantes encaramados allá arriba derramó pintura amarilla sobre el pedestal de granito, donde otros habían pintado con spray negro «asesino», «racista» y «escoria».

«Era un racista, porque tenía esclavos, y tiene que caer», le gritó a este diario Jamal Jones, uno de los manifestantes que tiraba de una de las sogas el lunes con gran ahínco. Cierto es que Jackson (1767-1845) tenía una plantación en Tennessee donde llegó a tener 150 esclavos en propiedad. Además como presidente, ordenó la expropiación forzosa de tierras donde vivían 60.000 nativos, a los que obligó a un éxodo al oeste durante el cual murieron según los historiadores unas 4.000 personas por hambre, deshidratación y agotamiento.

Algo muy personal
Este ataque a Jackson es algo personal para Trump. Aunque fue el fundador de lo que hoy se conoce como Partido Demócrata, el séptimo presidente de EE.UU. fue ante todo un populista, el primero en presentarse como el defensor de los intereses de ciudadano de a pie y desafiar al Capitolio. Nada más llegó a la Casa Blanca en enero de 2107, Trump colgó un retrato de Jackson en el Despacho Oval y paralizó un cambio en los billetes de 20 dólares que hubiera sustituido su efigie por la de la esclava liberada y gran defensora de los derechos de los afroamericanos Harriet Tubman.

El lunes, antes de que la estatua cayera como han caído ya muchas otras, la policía intervino y desalojó a los agresores con un par de granadas aturdidoras y gas pimienta. Hubo forcejeos y escenas de tensión, además de varias detenciones. En unas horas, las vallas volvieron a formar un perímetro alrededor de Jackson, y los manifestantes volvieron a amenazar con derribarla cuando Trump no mire.