El Schindler portugués que salvó a 10.00 judíos

El Estado portugués ha tardado ocho décadas en reconocer la labor de Aristides de Sousa Mendes, el Schindler del país vecino, pues salvó a miles de personas de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Después de publicar en el Diario da República (equivalente al BOE) una mención especial por su trayectoria el pasado 9 de junio, ahora llega un paso más: dedicarle un monumento en el Panteón Nacional, donde descansan los restos mortales de Amália Rodrigues, Guerra Junqueiro, Sidónio Pais o Almeida Garrett, además de albergar los cenotafios de Camoes y Vasco da Gama.

Es todo un honor, por tanto, para la memoria de este diplomático y no resulta nada extraño porque el antiguo cónsul portugués en Burdeos fue capaz de contravenir las órdenes de la dictadura de Salazar para obrar según su conciencia y sus convicciones morales.

Así, contribuyó a proteger la vida de unos 10.000 judíos (como mínimo) que ansiaban escapar de Hitler y viajar a Lisboa para tomar el barco a América. Incluso Salvador Dalí se benefició de sus decisiones porque Gala, de origen ruso, se encontraba entre las amenazadas. Pero las consecuencias de semejante forma de proceder lo marcaron para siempre y se acabó convirtiendo en un proscrito que cayó presa de una profunda depresión. Envejeció a marchas forzadas y le cerraron todas las puertas que intentaba abrir.

Así pues, fue condenado al ostracismo y terminó malviviendo, aunque nunca se arrepintió de sus acciones ni de su conducta. Respondía así a una situación que veía cotidianamente ante sus propios ojos: las calles de la ciudad francesa donde residía llenas de refugiados judíos desesperados no ya por pasar a España, sino por plantarse en la capital lusa, erigida en antesala para todo aquel que pretendía embarcar con destino al continente americano, tal cual sucedió con Saint-Exupéry o con la mismísima Josephine Baker.

En el contexto de aquella Lisboa idealizada, se le planteó de la noche a la mañana todo un dilema moral a Aristides de Sousa, héroe sin proponérselo: ¿habría de obedecer las órdenes del Gobierno del Estado Novo o escuchar la voz de sus principios y facilitar visados a los ciudadanos aterrorizados a causa del avance nazi?

Los familiares y descendientes de los implicados no dudaron (y no dudan) en alabar al diplomático que optó por la coherencia personal, en detrimento de un hipotético entreguismo a los postulados de la dictadura lusa, la más longeva de Europa con su recorrido de 48 años.

No pueden olvidarse las circunstancias que rodearon el contexto en el que intervino el excónsul. Corría el ecuador del año 1940 y faltaban escasos días para que los alemanes materializasen su victoria sobre Francia. De hecho, París cayó el 14 de junio y el subsiguiente armisticio se firmó días después.

Las instrucciones oficiales distribuidas en los distintos consulados daban cuenta de que solo la autorización expresa del régimen de Lisboa permitía extender salvoconductos para refugiados, tanto si eran judíos como apátridas.

Muchas familias que vivían a lo largo de la franja central europea comenzaron a recular hacia el sur. «Recuerdo el sonido de un bombardeo y mi madre me dijo que era un trueno», declaró Henri Dyner, un veterano belga de la época a la BBC antes de precisar: «Nos enteramos de que los franceses se habían rendido y los alemanes no dejaban de moverse».

Palabras esclarecedoras las suyas y con un rastro que alcanza hasta De Sousa Mendes: «Mi padre, que tenía un plan y un automóvil, encendió la radio y escuchó al rey Leopoldo decir que habíamos sido traicionados y atacados por los alemanes».

Se plantaron entonces en Burdeos, donde entablaron amistad con el círculo del diplomático luso. Él, a su vez, había entrado en contacto con el rabino belga Chaim Kruger y, tras una larga conversación entre ambos, escribió una carta el 13 de junio de 1940, en la que especificaba: «Aquí la situación es horrible, y estoy en la cama debido a una fuerte crisis nerviosa».

Aristides le dio vueltas y vueltas al asunto… hasta que solo cuatro días más tarde proclamó públicamente: «De ahora en adelante, les doy visados a todos. No habrá más nacionalidades, razas o religiones». El Ministerio portugués de Asuntos Exteriores le envió un telegrama para advertirle de que había «perdido la cordura» y de que pusiera fin a tal expedición masiva de visados… pero él hizo oídos sordos.

Racismo y neonazis
El reconocimiento al Schindler portugués coincide con un momento de preocupación en el país por la utilización del racismo como arma arrojadiza de la política portuguesa, tras la muerte violenta en Lisboa del actor Bruno Candé, de piel oscura. El intérprete de la popular telenovela «Única mujer» fue presuntamente alcanzado por los disparos de un hombre, de 80 años, en el barrio de Moscavide, próximo al aeropuerto, después de una discusión sobre el perro, que el rostro de la cadena TVI, se encontraba paseando.

La investigación ya se ha puesto en marcha, pero no está claro que el conflicto se desatase por el color de la piel de Candé, que tenía 39 años y deja tres hijos. Lo que sí se ha constatado, según testigos presenciales, es que el agresor le dijo: «Márchate por donde has venido», sin tener en cuenta que se trataba de un ciudadano portugués en toda regla. De hecho, la presencia en territorio luso de personas de color es algo asumido, porque abundan los portugueses nacidos en las antiguas colonias (Angola, Mozambique, Cabo Verde, Guinea Bissau, Goa, Macao, Brasil) o provenientes de ellas y la mezcla de razas es palpable de norte a sur.

Lo que ocurre es que han intervenido dos grupos minoritarios neonazis, Resistencia Nacional y Nova Ordem de Avis, que reaccionaron ante las protestas antirracistas de las últimas semanas y convocaron una manifestación denominada «parada Ku Klux Klan» frente a la sede de SOS Racismo. A continuación, profirieron amenazas a dos diputadas del Bloco de Esquerda y a la independiente Joacine Katar Moreira. Igualmente, se han embarcado en una macabra estrategia en la que advierten de que tal vez pasen a «ajusticiar» a extranjeros y se han lanzado a intimidar a Mamadou Ba y a otros seis activistas más del entorno antirracista.