¡Derribad la estatua de Balfour!

El puritanismo selectivo de la izquierda radical, ese que defiende el aborto libre pero desea penas de cárcel para quien piropee a una chica en la calle por machista, ha encontrado en la furia iconoclasta contra las estatuas del pasado un nuevo «punching ball» para sus desatinos. Ahora está entretenido, al menos en Estados Unidos aunque la resaca ya llega a Europa, en emprenderla contra monumentos de grandes figuras del legado hispano. Con un poco de fortuna, antes de que su vandalismo llegue a mayores, las mentes preclaras de la progresía que señalan los objetivos se acercarán un poco más en el tiempo, y posiblemente dejen tranquilo al imperio español para detenerse, por ejemplo, en el británico.

La ocasión puede ser la inminente anexión por Israel del territorio de Cisjordania ocupado por los colonos judíos. No de toda Cisjordania, como señalan algunos titulares de prensa más chapuceros que malvados, sino solo del que ocupan las colonias, alrededor del 30 por ciento del territorio. Si al pedazo considerable de espacio que hasta hoy gobernaba la Autoridad Nacional Palestina se le añade la circunstancia de que las colonias están diseminadas como un sarpullido, se entenderá que la continuidad territorial –y la viabilidad– de un futuro Estado palestino junto al hebreo es casi imposible. Los acuerdos de paz pueden quedar en papel mojado, y se darán las condiciones para un nuevo rebrote de la violencia en Tierra Santa.

Al margen de las razones poderosas que esgrimen árabes y judíos, destaca el hecho histórico de que fue un ministro de Exteriores británico, Arthur James Balfour, el que en noviembre de 1917 impulsó la Declaración que creó el nuevo Estado de Israel en Palestina. Asi que no sería de extrañar que los activistas de izquierdas –por lo general proárabes– promuevan en los próximos días el traslado del carnaval iconoclasta a las islas británicas. Mister Balfour tiene una estatua fabulosa, protegida por los muros del palacio de Westminster.