Cuando te elogian tus enemigos

Tengo una larga y -creo que- bien fundada admiración por John Bolton desde que sirvió como vicefiscal general de los Estados Unidos bajo la Presidencia de Ronald Reagan. Sirvió también en la Administración de Bush padre como vicesecretario de Estado para Organizaciones Internacionales, en la de Bush hijo como vicesecretario de Estado para el Control de Armas y Asuntos de Seguridad Internacional y también con ese presidente fue embajador en Naciones Unidas. Y finalmente, con Donald Trump ha sido consejero de Seguridad Nacional, uno de los cargos más relevantes de la Administración. Me he reunido con él tres veces, una en San Sebastián y dos en Washington. Siempre he admirado su visión del mundo y confieso que ha influido mucho en la mía. Él es un miembro del Partido Republicano que se encontró con Trump en la Casa Blanca, no lo promovió para llegar a ella. Pero como otros correligionarios asumió la Presidencia de Trump intentado darle el apoyo necesario para que su mandato fuera un éxito en política exterior, materia en la que el desconocimiento del presidente es enciclopédico.

Bolton está intentando publicar en estos días unas memorias de su paso por la Casa Blanca y la Administración está procurando bloquear su salida. Algo que hace daño a ambas partes. Porque aunque el libro pueda beneficiar a Bolton económicamente, lo cierto es que él tiene una posición acomodada y las ganancias con sus derechos de autor no deben de ser una prioridad.

El libro deja en mal lugar a casi todo el mundo: a Bolton por escribir sobre el presidente al que sirvió mientras todavía sigue en el ejercicio del cargo y, lo que es más relevante, está inmerso en plena campaña para la reelección; al propio presidente del que evidencia su falta de formación en los más básicos asuntos de política exterior, como el no saber que el Reino Unido es una potencia nuclear; y lo que es más notable, a los infinitos enemigos políticos y mediáticos de John Bolton, que se han pasado años atacándole con sevicia y de repente, al publicar este libro, lo han convertido en su nuevo héroe. Esto último es algo sobre lo que Bolton haría muy bien en reflexionar. Algo no va bien cuando tus enemigos desde hace décadas de repente elogian tu libro y tus tradicionales aliados lo critican. En esos casos, háztelo mirar. Joe Biden, por ejemplo, fue uno de los senadores que hizo todo lo posible por impedir el nombramiento de Bolton como embajador en la ONU en 2005 por razones partidistas, pero el miércoles pasado hizo una declaración apoyando el relato de Bolton.

No parece mucho pedir que cuando aceptas formar parte de una Administración guardes una cierta lealtad a quien te nombra. Al menos mientras está en el cargo. Especialmente cuando hablas de las relaciones del presidente de los Estados Unidos con otros jefes de Estado extranjeros. Si no, acabas pareciendo Miguel Ángel Revilla contando lo que le impresionó miccionar al lado del Rey Harald de Noruega durante la boda del Príncipe de Asturias.

Hay una cuestión más de fondo. Las políticas de Trump pueden gustar más o menos y pueden ser juzgadas en función de sus éxitos o fracasos, pero lo que nadie puede discutir es que no hace falta llegar a ser un alto cargo en la Administración norteamericana para saber que Trump es una persona de trato casi imposible, que sólo es atento y correcto con su propia familia. No hacía falta que Bolton explicara que es un hombre carente de tacto, casi analfabeto en política exterior que juzga casi todo en función de cómo le va a ir a él porque si a él le va bien, también irá bien a la mayoría de sus compatriotas.

Como bien ha sentenciado «The Wall Street Journal» (The Confessions of John Bolton 18-06-2020) medio con el que tantas veces ha colaborado Bolton y que reconoce la influencia que éste ha tenido en su línea editorial, «el libro del señor Bolton es una mancha en su distinguida carrera y sus contenidos no ayudarán a este país al margen de quién gane las elecciones en noviembre». Amén.