Cogito interruptus

Por primera vez, este fin de semana me han acusado en Twitter de estar a sueldo de Soros. Y aunque llevo bastante mal el troleo digital, reconozco que no me ha sorprendido teniendo en cuenta la edad de oro de las teorías de la conspiración. Gracias a la pandemia y el populismo demagógico, la conspiranoia prolifera con ayuda de súpercontagiadores: desde banales celebridades necesitadas de relevancia hasta desesperados políticos en búsqueda de coartadas.

Este torrente de sin sentido, con su ineludible tono de cuñadismo, recuerda al cogito interruptus que acuñó hace ya medio siglo el maestro Umberto Eco. En su clásico Apocalípticos e integrados, Eco explicaba que esta forma de no-pensar pertenece a los que ven el mundo repleto de signos, síntomas o, incluso, presagios. Dentro de esta taxonomía de la incongruencia, el pensamiento transmitido a través de codazos y guiños es practicado por los apocalípticos que «ven en los acontecimientos del pasado los símbolos de una armonía notable, y en los del presente los símbolos de una caída sin salvación».

En el siglo XXI, al calor de un ecosistema mediático fracturado por Internet y las redes sociales, las teorías de la conspiración funcionan como atajo intelectual. Ante acontecimientos que nos desbordan, dejamos de pensar y asumimos explicaciones tan alambicadas como falsas ante la incertidumbre. Da igual que sea la dominación mundial de George Soros, Bill Gates, la tecnología 5G, las vacunas o el siniestro origen de la pandemia. Los terraplanistas apocalípticos seguirán creyéndose que Lee Harvey Oswald no mató al presidente Kennedy.

En otros tiempos, la conspiranoia funcionaba como mecanismo de compensación en sociedades con mínimas libertades, donde los ciudadanos no tenían capacidad de actuar de forma independiente, planificar su destino o tomar sus propias decisiones. La gran ironía es que los países desarrollados, donde se supone que los ciudadanos están al volante de su destino, se están convirtiendo en parques temáticos de las teorías conspirativas. Con el sufrimiento sostenido que acompaña el coronavirus, mucha más gente puede perderse por estos atajos intelectuales tan tóxicos.