Ajuste de cuentas en la capital del Sur

Pasadas las cuatro y media de la tarde, el gancho de la grúa se elevó con la fuerza suficiente como para levantar la estatua del pedestal unos centímetros. En aquel instante del miércoles, se oyó un trueno y una multitud enfervorecida, a la que no le importaba la lluvia torrencial de verano que se desplomaba sobre Richmond (Virginia), se puso a aplaudir. Una mujer tocaba el violoncelo y junto a ella, un hombre que dio solo su nombre de pila, Brent, gritó: «¡Uno fuera, aún quedan muchos más!».

Más de un siglo estuvo en este cruce de la avenida de los Monumentos y el bulevar Arthur Ashe la estatua del Stonewall Jackson, uno de los generales de mayor rango de las fuerzas confederadas en la Guerra Civil, encaramado a su caballo Pequeño Alazán, con las riendas en la mano izquierda, la misma que perdería con el resto del brazo en la batalla de Chancellorsville el 2 de mayo de 1863. Era la segunda escultura en caer, pero la primera en hacerlo por orden municipal.

El 11 de junio una turba había derribado la estatua del único presidente de la Confederación, Jefferson Davis. Los manifestantes pedían más, enardecidos por la protesta racial tras la muerte bajo custodia policial de un hombre de raza negra en Mineápolis. El alcalde de Richmond, el demócrata Levar Stoney, aprobó a principios de semana la retirada de monumentos confederados de propiedad municipal. Tras la de Jackson, el jueves fue retirada la estatua de Matthew Fontaine Maury, jefe de defensa costera de la Confederación.

No será fácil, sin embargo, depurar de Richmond las señas de su identidad sureña. Fue la capital de los Estados Confederados de América durante la mayor parte de su existencia, casi cuatro años. Las banderas confederadas ondean en ventanas, porches y tejados. Alberga en una de sus frondosas colinas el cementerio de Hollywood, donde está enterrado Davis, presidente de aquel malogrado experimento, y 18.000 soldados que tomaron las armas contra el Norte. Para los manifestantes, los monumentos a estos líderes políticos y militares glorifican aquellos sangrientos años en que el Sur se levantó contra el Norte para lograr la independencia y mantener la esclavitud, que era a la vez motor económico y medio de vida. Más de 600.000 personas murieron por ello. Hoy, más de un 50% de los más de 200.000 habitantes de Richmond son de raza negra.

«¡Quemadla!», gritaba Hannah Brant, administrativa de 38 años, justo cuando la estatua de Jackson tocó el asfalto. La tormenta arreciaba, y Brant estaba empapada. «Las vidas negras también importan, aunque el tiempo no acompañe», añadió. «Yo vengo de una familia de esclavos de aquí de Richmond. Mi tatara-tatara-abuelo trabajó en una plantación y no fue libre hasta que estos tipos fueron derrotados».

«¡Sólo pedimos respeto!»
Un par de calles más arriba, en la misma avenida, un hombre lloraba descompuesto. Media hora antes la Policía se lo había llevado en coche porque se había plantado ante el pedestal de la estatua con una bandera en la que se leía «Proteged los monumentos confederados», demorando solo unos minutos lo inevitable. Cuando ABC se le acercó, perdida su bandera, se negó a dar su nombre y, entre sollozos, sólo dijo: «¡Sólo pedimos respeto!».

La empresa de grúas que quitó la estatua de Jackson vino hasta Richmond desde Connecticut, 700 kilómetros al norte. Ni una sola en Virginia o los estados lindantes quiso encargarse. Los operarios llevaban la boca tapada con pañuelos. «Nuestra empresa fue fundada en 1860 [el año anterior al estallido de la Guerra Civil] y ya hemos visto de todo, esto no es un problema», dijo a ABC uno de los operarios.